¿Cómo podemos corregir los textos de nuestros alumnos?
Resumen del recurso

¿Tenemos que informar sólo de los errores cometidos o también de las soluciones correspondientes? ¿Cuál es el mejor momento para informar? ¿Cuál es la mejor manera: por escrito o con una entrevista, una vez al mes o con cada redacción? ¿Cómo tenemos que marcar el texto?


Descripción del recurso

¿Tenemos que informar sólo de los errores cometidos o también de las soluciones correspondientes? ¿Cuál es el mejor momento para informar? ¿Cuál es la mejor manera: por escrito o con una entrevista, una vez al mes o con cada redacción? ¿Cómo tenemos que marcar el texto?


¿Vale la pena corregir?

La corrección puede ser un instrumento eficaz para el aprendizaje si lo entendemos como una técnica didáctica más (variada, flexible y, también, prescindible) y no como una operación de control obligatoria al final de cada ejercicio de redacción. Es una actividad que puede realizarse con diferentes técnicas (individual, en grupo, por parejas, con profesor, sin profesor, etc.), que puede ser divertida e incluso alentadora, que puede ser activa y motivadora, que puede implicar al alumno y, en definitiva, hacerle responsable de su propio aprendizaje. Buena parte del éxito reside en conocer técnicas variadas de corrección y en saber emplearlas en el momento preciso con las personas adecuadas.

Algo que hacemos muy habitualmente en el momento de corregir es el hecho de centrarnos, casi única y exclusivamente, en aquello que está mal o que hay que mejorar en un texto. La redacción más comentada y marcada, la que contiene más errores, pertenece probablemente a uno de los alumnos con más problemas de redacción, con poca motivación y todavía menos confianza. Nuestra corrección no ayudará mucho o nada a paliar esta situación. Por este motivo, Daniel Cassany considera que debemos esforzarnos en intentar dar un tono más constructivo a la corrección, teniendo en cuenta que se aprende tanto de los errores como de los aciertos. Conviene destacar en el escrito los aspectos positivos y al mismo tiempo los mejorables y procurar valorarlo con adjetivos y comentarios, iniciando un diálogo con el alumno/a para explorar y comentar los diferentes aspectos señalados.

¿Cómo tenemos que corregir? ¿Hay que corregir todos los errores de un texto?

Una corrección minuciosa y exhaustiva no tiene ningún sentido porque los escritos no serán nunca difundidos y, también, porque se sabe que son textos de aprendices y comprendemos y aceptaremos que pueda haber imperfecciones. Por otro lado, al alumno le costará asimilar a la vez un número muy elevado de correcciones.

Cada trabajo es diferente (tipo de texto, grado de dificultad, momento del curso...) y cada alumno tiene unas características personales (problemas concretos, estilo de aprendizaje...). Por lo tanto, es importante tener en cuenta el grado de conocimiento de la lengua que tiene el alumno, la naturaleza del error (los errores más graves y los prioritarios a la hora de corregir son, por ejemplo, los errores comunicativos, los que afectan a la inteligibilidad de la prosa, y los errores causados por la interferencia lingüística, como los barbarismos). Otros criterios para tener en cuenta son la frecuencia (los errores más reiterativos merecen más atención que los aislados) y el valor sociolingüístico (unas vacilaciones en el registro o una equivocación en el grado de formalidad pueden tener consecuencias imprevisibles) y las actitudes de los profesores y de los alumnos ante los errores y la corrección.

A la hora de corregir, es importante tener claro en qué se diferencia un error de una falta. El error es el producto de un defecto en la competencia lingüística: se comete cuando el escritor desconoce una regla gramatical, una palabra, etc. En cambio, una falta es la consecuencia de un defecto en la actuación lingüística: se comete cuando el escritor está distraído o cuando está acostumbrado a escribir de una manera determinada. En cuanto a las faltas, Johnson (1988) considera que un alumno necesita cuatro elementos para poder eliminarlas definitivamente:

1. Saber que ha hecho una falta. No siempre nos damos cuenta de las faltas que cometemos. Por eso es útil que una segunda persona lea el texto y las marque. En el aula, esta persona puede ser el maestro o un compañero.

2. Poder recordar la forma correcta equivalente a la falta. Precisamente porque se trata de una falta y no de un error, el alumno domina los conocimientos lingüísticos que determinan que una forma sea incorrecta y la otra no.

3. Tener interés en eliminar la falta. Johnson ha observado que muchas faltas, sobre todo las de ortografía, pueden tener poco valor comunicativo, lo cual explica que no se hayan eliminado. Como no implican problemas de comprensión, el alumno no siente deseos de autocorregirlas.

4. Tener la oportunidad de practicar la misma cuestión lingüística en condiciones reales. El alumno tiene que poder encontrarse en la misma situación en que cometió la falta para poder practicar la forma correcta.

Es fundamental que, con estas correcciones, nuestros alumnos hagan actividades útiles. En primer lugar, tenemos que asegurarnos de que las lean y de que las entiendan. No es ningún disparate dejar algunos minutos en clase para hacerlo. Sommers y Zamel consideran trascendental dar a los alumnos la oportunidad de reformular sus escritos a partir de nuestras correcciones. Otras ideas posibles son: recopilar los errores en una libreta que, con el tiempo, se convierta en un instrumento de consulta; escribir frases inventadas con las incorrecciones, investigar los orígenes del error, etc.


Diez consejos para mejorar la corrección

1. Corrige sólo lo que el alumno pueda aprender. No vale la pena dedicar tiempo a corregir aspectos o faltas para las cuales el alumno no está preparado.

2. Corrige cuando el alumno tenga fresco lo que ha escrito; es decir, en el momento en que lo escribe o poco después. No dejes pasar mucho tiempo entre la redacción y la corrección.

3. Si es posible, corrige las versiones previas al texto, los borradores, los esquemas, etc. Recuerda que es mucho más efectivo que corregir la versión final.

4. No hagas todo el trabajo de corrección. Deja algo para tus alumnos. Marca las incorrecciones del texto y pídeles que busquen ellos mismos la solución correcta.

5. Da instrucciones concretas y prácticas y olvida los comentarios vagos y generales. Por ejemplo: “reescribe el texto, fíjate en este punto, amplía el tercer párrafo, escribe frases más cortas, añade más puntos o comas al segundo párrafo...”. Escribe o di cosas que pueda entender.

6. Deja tiempo en clase para que los alumnos puedan leer y comentar tus correcciones. Asegúrate de que las leen y de que las aprovechan.

7. Si puedes, habla individualmente con cada alumno. Corrige oralmente los trabajos escritos. Es más económico, práctico y seguro.

8. Da instrucciones para que los alumnos puedan autocorregirse, enséñales a consultar diccionarios y gramáticas, dales pistas sobre el tipo de errores que han cometido, estimúlales para que revisen el escrito...

9. No tengas prisa por corregirlo todo. Tómate tiempo para corregir cuidadosamente cada escrito. Asegura la calidad de la corrección, a pesar de que la cantidad se resienta.

10. Usa la corrección como un recurso didáctico y no como una obligación. Utiliza técnicas de corrección variadas. Adáptalas a las características de cada alumno.

Ideas extraídas de:

Didáctica de la corrección de lo escrito

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