Raul Manzano Jpg


Raül Manzano Tovar. Maestro y miembro de los Movimientos de Renovación Pedagógica. Director de las Revistas de Primaria de Graó (Guix y Aula).

Iniciamos este mes de diciembre con el conocimiento de los resultados del informe PISA 2022. Más allá de los matices y de los debates que hay a su alrededor, nos pone sobre la mesa algo que ya intuíamos: las consecuencias que ha tenido la pandemia en el alumnado adolescente que vivió unos años transcendentes de su escolarización en confinamiento o con restricciones importantes dentro de los centros educativos. En el prólogo de la versión española, el informe destaca el gran reto que comportó para los sistemas educativos y, especialmente, para el alumnado, que tuvo que hacer frente a más autonomía en el aprendizaje mediante sistemas digitales. No podemos olvidar, sin embargo, que a pesar de los esfuerzos realizados, en aquel momento hablamos de las fracturas digitales.

También es relevante mirar atrás y analizar la biografía educativa de las chicas y los chicos que hicieron la prueba, nacidos en 2006, precisamente en un momento de profunda crisis económica que implicó unas sucesivas políticas de recortes de los servicios públicos, con una afectación directa en la educación. Recordemos los aumentos de las ratios, el ajuste de plantillas, la falta de inversión en formación del profesorado y la afectación en las políticas de becas. Esta generación de adolescentes se ha formado en buena parte bajo los parámetros de la LOMCE, la ley educativa que se aprobó el año 2013.

En paralelo a los resultados del informe PISA, también conocemos los del informe de UNICEF, que cifra la pobreza infantil en el Estado español en un 28%, uno de los porcentajes más altos de la Unión Europea. Además, no podemos olvidar el flujo migratorio constante que están recibiendo algunos territorios del Estado, lo que tensiona los sistemas y los centros educativos para ofrecer una correcta acogida a las criaturas y a los jóvenes con otras lenguas y culturas.

El análisis de los resultados puede tener matices en función de la comunidad autónoma desde la que miramos los datos, pero nos equivocaremos si no vamos a las cuestiones de fondo que tienen que ver con el contexto y con el momento educativo que estamos viviendo. La primera, y muy evidente, es la necesidad de la escuela, del centro educativo tal y como se ha diseñado, como espacio de socialización y de educación.

Ante los rumores de que la tecnología podría ofrecer otras posibilidades, se ha evidenciado que seguramente se hizo una cierta mitificación de ella y que hay que ponerla en su lugar justo. Se trata de un recurso cuya eficacia y eficiencia dependerá de su buen uso educativo, y su abuso social está produciendo precisamente impactos negativos en los aprendizajes y en la convivencia.

La segunda cuestión, y también muy evidente, es la necesidad de que haya una inversión justa en educación; los gobiernos y los parlamentos no pueden buscar excusas para maquillar las cifras. Las recomendaciones internacionales marcan el 6% del PIB como el porcentaje recomendable en gasto educativo. Sin una cantidad, no puede haber calidad, y la calidad que hay se debe al sobreesfuerzo insostenible de las y los profesionales de la educación y al de las comunidades educativas. Necesitamos unas ratios que permitan la atención y la personalización a todas y cada una de las criaturas, unos apoyos educativos que puedan hacer efectiva la escuela inclusiva dentro y fuera del centro, y un sistema de formación y de acompañamiento al profesorado y a los centros que permita la mejora real de su práctica en un marco de evidencias de calidad educativa.

Además, no podemos olvidar la necesidad de unas políticas sociales que garanticen una vida mínimamente digna, porque, si no, el aprendizaje es muy complicado. La tercera cuestión, y también muy evidente, es la necesidad de dar tranquilidad, seguridad y confianza en la escuela. Tiene que dotarse a los centros de autonomía, pero debe hacerse dándoles las riendas sobre sus espacios y tiempos educativos, con un sistema de evaluación interna y externa que permita la reorientación y la mejora continuada.

Estos momentos mediáticos de la educación no deben ser fuegos de artificio a la espera de que venga otro bache, sea en la dirección que sea. Tienen que servirnos como un elemento más en nuestra constante de reflexión educativa hacia la mejora y, quizás, tienen que reafirmarnos en la necesidad de mirar hacia la esencia de la educación y de los procesos de aprendizaje. Por eso es pertinente trabajar a fondo aquellos aprendizajes fundamentales, los que todo niño y niña tiene que adquirir para continuar aprendiendo y para poder construir un proyecto de vida. Se trata de un debate muy relevante a escala curricular y necesario para su desarrollo en el centro. En el próximo número de la Revista Aula podréis leer uno, el relativo a la lectura y a la comprensión lectora, que aporta una mirada interesante y con sugerencias. Os recomendamos una lectura atenta.

Estamos a las puertas del 2024 y todo año nuevo debe llevar la esperanza de que colectivamente, pero siempre con la aportación y el esfuerzo de cada uno y cada una, haremos frente a los retos que se nos plantean bajo el convencimiento de que la educación es el diamante en bruto que permitirá brillar de maneras muy diferentes a cada niño y niña que tenemos en el aula. ¡Feliz 2024!

Avance de la Editorial del mes de diciembre de la Revista Aula