Se sorprenderá, al observar, por ejemplo, que un niño de diecisiete meses y pocas palabras -entre ellas, luna-, al ver por primera vez un gajo de mandarina en su mesa, señalándolo, diga «luna». Se sorprenderá más aún cuando un par de meses más tarde oiga a ese mismo niño llamar «Quita» a su prima Mar, porque ella le repitió muchas veces esa palabra jugando. Quien observa, quedará pensativo cuando días después, ante una imagen de lo que su madre le señala y nombra como «el mar», esa misma criatura repite «Quita» riéndose y mirando a su madre. En realidad, está asistiendo a un…