Un extraordinario retrato de la vida escolar, cuyas escenas, situaciones y breves historias muestran el rostro más amargo y duro de la educación. Atemperados por una sonrisa melancólica, este conjunto de relatos no dejará indiferente a nadie.
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Un extraordinario retrato de la vida escolar, cuyas escenas, situaciones y breves historias muestran el rostro más amargo y duro de la educación. Atemperados por una sonrisa melancólica, este conjunto de relatos no dejará indiferente a nadie.
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Prólogo
Retrato de Juan, docente romántico y perseverante, cuya trayectoria pasa por talleres creativos, proyectos de innovación y centros muy distintos. Se subraya su compromiso con la escuela pública y con el alumnado socialmente desfavorecido, así como la importancia de las habilidades comunicativas en el aula. Entre entusiasmo y crisis, se reinventa, cuestiona rutinas y contradicciones del sistema, y busca referentes formativos para sostener sus sueños. El prólogo anticipa relatos de vida escolar que muestran conflictos, mediaciones, currículo visible y oculto, y el lado más duro —pero también humanizador— del oficio. Aparecen encuentros y desencuentros, pedagogías de diálogo y acuerdos, y la tensión entre datos e historias vividas.
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El asma
En una clase de ciencias sobre el aparato respiratorio, una profesora “clásica” abandona el guion y comparte su experiencia con el asma bronquial. Explica el asma alérgica como respuesta defensiva del organismo y nombra la disnea, pero también lo que el libro omite: el silbido, la ansiedad y el miedo a la muerte. Al diferenciar asma extrínseca e intrínseca y citar a los ácaros como desencadenantes, la exposición personal transforma el aula: el alumnado la escucha en silencio, aparece la empatía y ella deja de hablar a una masa anónima para mirar a cada estudiante. Sin pizarra, su cuerpo se vuelve recurso didáctico y se promete sostener esa conexión. Hasta el inquieto Balsas se detiene y la mira con compasión.
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Carrera meteórica
Curso 1992-1993 en un instituto público de barrio difícil, llega un interino de sociales, Pere Orteu (“Peret”), convencido de aplicar un enigmático “ataque duro”. Su suficiencia frustra las tutorías en la sombra y, al entrar en clase, altera la “sonoridad básica” de los grupos: la tensión sube hasta encierros, amenazas y caos en 4.º D, que la directora apaga con una intervención casi hipnótica. Tras otro estallido, la dirección lo aparta y el centro recupera su equilibrio precario, al límite del desgaste del claustro. Años después, la matrícula cae por competencia y segregación; el centro queda como gueto y Orteu reaparece como alto cargo que debe avalar un proyecto integrador, denunciando la mercantilización escolar.
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Libertad de enseñanza
Andrea, profesora de lengua de cincuenta años, lleva décadas en institutos de zonas obreras y entiende la docencia como creación: no repite materiales y cada curso inventa un proyecto nuevo para dar sentido al presente. Nerea, antigua alumna en prácticas, se contagió de ese enfoque con una secuencia crítica sobre anuncios y salió del aula emocionada. Tres años después la llama, desanimada: la han despedido de un colegio religioso subvencionado por “no dar el perfil” y por hacer “demasiado ruido” en clase. En un bar, Andrea la escucha y la sostiene; ambas se reconocen en gestos de cuidado: intercambian regalos envueltos en papel lila, mientras asoma la tensión entre ideario de centro y libertad de cátedra.
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El hijo del profesor
En un instituto conflictivo, un docente presencia el acoso a Manu, un alumno frágil que intenta encajar y es humillado por Prados y Magán. En clase, mientras el grupo boicotea, Manu sostiene con atención las explicaciones sobre democracia griega y el mito de la caverna, buscando sentido a su vida. Tras un pescozón, el profesor fuerza una mediación que mejora temporalmente la convivencia y abre espacios de debate retórico. Manu le entrega un relato-espejo donde fantasea con ser “adoptado” y escapar del maltrato familiar. La violencia estalla de nuevo fuera del centro; Manu desaparece sin baja oficial y el recuerdo queda como herida ética y profesional, marcada por la impotencia institucional.
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Jonathan y el general
Jonathan (Yona) es un alumno con dificultades de comprensión y autorregulación que, tras pasar por refuerzos y diagnósticos estigmatizantes, acaba en la UAC, un espacio segregador. Su conducta disruptiva y sexualizada se agrava con la adolescencia, mientras el grupo queda bajo el mando invisible de Natanael, correcto en apariencia y manipulador, que lo humilla y lo usa como instrumento. El rechazo del profesorado —incluso cuando Yona intenta regalar mandarinas— refuerza su estigma. En un episodio, el docente lo avergüenza públicamente y Yona se derrumba, señalando una injusticia recurrente: otros también transgreden, pero sólo a él lo sancionan; “Nata es el mejor”.
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Un soneto
Anastasio, “Tacho”, alumno de tercero alto y fuerte, construye prestigio a través de una violencia fría y una actitud retadora que desborda al profesorado. Sin embargo, en la optativa “Poesía amorosa” aparece otra faceta: se concentra en las formas medievales y clásicas, memoriza jarchas y cantigas, y trabaja con esmero zéjeles, romances y villancicos. Con el profesor Antonio lee a Garcilaso, Lope, Quevedo y San Juan, y llega a escribir un cuarteto potente sobre un destino adverso, aunque se niega a recibir ayudas para completarlo. Tras una expulsión por destruir material, su figura deriva en mito barrial; un año después reaparece para reconocer el soneto del profesor y el poder reparador de la palabra.
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Primer día de vacaciones
Desde el recuerdo del primer curso, el narrador reconstruye el primer día de vacaciones: jardín antiguo, mañana “de azul crudo”, frutales en flor y el agua del reguero como misterio. Evoca la escuela recién terminada (números, letras, canciones tristes y el juego de “angelitos al cielo”) y un hogar dividido entre el calor interior y la intemperie. Entre una madre que se esfuma y unas cuidadoras siempre presentes, mira a sus hermanos: Tarzaguel, aéreo y señalado como “loco”, y Nenhvé, cargado de una pena invisible. El juego deriva en tormenta, refugio y consuelo. En el descampado intenta atrapar todas las mariposas, fracasa y aprende el dolor. La jornada se apaga con la noche y una intuición de pérdida.
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El motorista
En el segundo día de clase, un grupo de 4.º sale hacia el polideportivo con “Madelman” y se cruza con Carlos Pulpón, exalumno expulsado por agresiones, amenazas y una conducta sistemáticamente disruptiva. La expulsión se logró tras un expediente “inflado” por el claustro, entre el llanto de una madre desbordada y la respuesta institucional que niega la supuesta agorafobia. Ahora Pulpón reaparece sobre una moto enorme, buscando reconocimiento, pero recibe frialdad y saludos de compromiso. A la salida, acelera y hace una maniobra temeraria; más adelante, la policía lo detiene junto a un coche patrulla. El grupo pasa de largo, entre burlas e indiferencia, y Pulpón queda empequeñecido, aislado en un cruce desolado.
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El especialista
En el GRI de Los Arrabales del Puerto, Ana y la psicopedagoga Carmen afrontan un grupo masculino que no trabaja, sexualiza la interacción y hostiga a las docentes; Carmen cae en depresión y la sustitución fracasa. Damián, corpulento y temido, sostiene el aula alternando dureza y cercanía, mientras Ana mejora al recuperar un registro “arrabalero” y responder con rapidez a provocaciones y códigos del grupo. Buscan apoyo externo y llaman a Avelino, especialista universitario, que entra con seguridad pero es desbordado por el boicot: burlas, gritos y objetos lanzados. Tras la sesión sentencia “¡etarras!” y desplaza el problema al control social, exigiendo informes clínicos y “datos” para diagnosticar, y se marcha sin orientar. El equipo queda solo y exhausto.
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Examen
Nacho, alumno de bachillerato, escribe a Cristina, su profesora de latín, una carta que ocultará en su departamento. Se define como “oscuro” y corriente, pero afirma que su presencia le da luz y seguridad. Ha preparado el examen mejor que nunca: estudia con rigor y afecto, memoriza fragmentos de Plauto y Ovidio y relee las correcciones en rojo que le exigen y lo acompañan. Sin embargo decide suspender adrede: contestará sólo una pregunta para acumular suspensos y repetir curso, con tal de volver a verla tres horas a la semana. Invoca a Platón y la “unidad perdida” para justificar ese vínculo imaginado, acepta el daño que causará y suplica que, si ella lo lee, no se lo mencione. Deja la decisión en manos del destino o del azar.
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Significado y sentido
En una optativa de lectura poética, el profesor recita a Salinas y propone registrar reacciones inmediatas y luego distinguir entre significado y sentido sin caer en interpretaciones arbitrarias. En el aula domina el cansancio y el escepticismo; las parejas producen comentarios pobres y la sesión parece un fracaso. En casa, agotado y ansioso (y sin fumar), escucha las grabaciones para evaluar y se hunde en la autocrítica. Sin embargo, al azar oye a Lidia y Silvia: pasan del rechazo a un diálogo afinado que capta metáforas, tensión emocional y transformación de la “nueva criatura”. Ese hallazgo reordena su percepción: la comprensión existe, aunque sea frágil y minoritaria, y le devuelve respiración y lágrimas serenas. La noche sigue igual, pero su sentido del trabajo cambia.
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Retórica clásica
Una profesora de lenguas clásicas intenta sostener una optativa de poesía en 4.º de ESO marcada por provocaciones, sabotaje del trabajo y actitudes ultranacionalistas y racistas. Entre gritos, parodias, insultos al alumnado negro y consignas fascistas “prosificadas”, el aula se vuelve hostil y desgastante. A mitad de trimestre decide cambiar el enfoque: abandona los materiales tradicionales y convierte la optativa en un aprendizaje de retórica y debate. Introduce vídeo-fórum, análisis de textos y, sobre todo, debates reglados con puntos por argumentos, tarjetas por faltas de respeto y expulsión temporal del turno de palabra. Funcionan especialmente los “juicios” y la estructura aristotélica del discurso, que obliga a razonar y a respetar límites éticos. Al final, salvo dos irreductibles, el grupo se transforma y el líder verbaliza un cambio: deja de odiar.
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Pájaros negros sobre la rama de un árbol
Clara Ros, profesora de sociales y tutora competente, se ve forzada a asumir la tutoría personal de Xiao Feng, alumno chino recién llegado, escolarizado sin recursos reales y convertido en “caso” burocrático. Sin lengua vehicular, sólo destaca en matemáticas; en el resto, deambula, se pierde y acaba fijando la mirada en los árboles y los pájaros como único punto de sentido. La institución responde con circulares, derivaciones fallidas al TAE y exigencias absurdas de calificación; Clara se rebela, denuncia la injusticia y choca con un claustro resignado y una dirección que prioriza papeles, jerarquías y reputación. Decide actuar por su cuenta: le ofrece horas extra de castellano y organiza apoyo entre iguales con fichas y mini-lecciones, logrando pequeños avances. Pero emergen señales de desprotección: somnolencia, evasivas familiares, ausencia a las clases, y la posible explotación nocturna en un restaurante. Los servicios sociales no intervienen y la presión institucional la amenaza. En el aula, ante la impotencia acumulada, Clara estalla; Xiao responde con un grito y llanto, y ella, sin tocarlo, se inclina sobre su pupitre como un techo protector, entre la rabia política y la caridad necesaria.